¿De qué hablamos cuando hablamos de comunidad?
Apuntes para romper el
espejo del Narciso desde la vivencia encarnada
“Lo único que nos salvará es la
comunidad organizada” no paro de escuchar últimamente a mi alrededor. Repetido
como un mantra que nos va a proteger del fascismo y su mortífero avance, por la
sola onda expansiva de su reverberancia. Como si no habláramos de prácticas y
resistencias sostenidas en el tiempo que implican una radical transformación de
los sujetos, sus relaciones y las subjetividades. Es decir, como si no
implicara un sismo cultural.
La frase sale a la luz en
contextos profundamente individualistas donde nadie haría nada por nadie si no
hay mucho que ganar o extraer. Porque convengamos que la narrativa neoliberal
nos ha sido implantada con una eficacia implacable. Y no hablo solo de mi
generación, o de mis círculos, sino de la mayor parte de la sociedad chilena y
global. Por dictadura, por colonialismo, por trauma, por flojera mental, por lo
que sea, no hemos sido capaces de oponer una narrativa critica al mandato
neoliberal que convierte a las personas en cosas, a las cosas en basura y todo
lo que nos rodea en ganancias a corto plazo. Los chicago boys ganaron la
batalla cultural y en Chile, entre los trabajadores del gremio artístico la
mentalidad Fondart no ha hecho más que profundizar el monopolio de este
imaginario. Me pregunto si estamos a tiempo de revertirlo.
También me pregunto ¿De qué
hablamos exactamente cuando hablamos de comunidad?, ¿A qué nos referimos cuando
decimos “nuestra comunidad”?
En tiempos donde el estruendoso
fracaso del individuo moderno, hegemónico, hombre, blanco, heterosexual, burgués,
colonial, no nos deja oír nada más, me parece crucial detenernos en esta
pregunta. ¿Qué entendemos por comunidad?, ¿Es posible recuperar lo común como el
centro de nuestra vida en medio del Antropoceno, la sexta extinción masiva?
Compitiendo por los recursos
materiales y simbólicos, sin el más mínimo piso ético, no queda mucho espacio
para pensar lo común. Sin embargo, sabemos que es urgente.
Propongo entonces algunas
reflexiones desde este pensamiento que he llamado encarnado, (en oposición o
alternancia pensamiento académico) porque tiene su origen en mi experiencia
total del mundo y no solo en las lecturas producidas en los circuitos de
legitimación del conocimiento; sino también en la huella que esta experiencia ha
dejado en mi cuerpo que es archivo somático y mi propia capacidad para leer el
mundo y sacar conclusiones.
Entonces, desde este lugar,
propongo comenzar por dilucidar lo que NO ES comunidad;
1)- Comunidad no es un grupo de whatsapp ni de facebook
2)- Comunidad no es una cartera de clientes
3)- Comunidad no es una cartera de acreedores
4)- Tampoco es la familia nuclear burguesa
5)- Ni es un club privado
6)- Ni la militancia en un partido político
Aunque podríamos
hacer comunidad residualmente en cada una de estas instancias, éstas no
funcionan por si solas como tejido comunitario porque en todas ellas hay o
puede haber instrumentalización y jerarquía. En todas estas instancias las
personas estamos reducidas a cosas, datos o piezas dentro de una arquitectura
de poder que en ningún momento desestabiliza las bases de la sociedad
capitalista colonial, donde la exclusión o cosificación del que “no me sirve” o
“no es igual” (por lo tanto, es inferior en la escala de pensamiento
supremacista), es el dogma.
¿Qué es la comunidad entonces?
Para los zapatistas “el común” es lo más evidente, pisamos un mismo planeta,
respiramos el mismo aire, afectamos el mismo entorno, aunque no lo veamos y
creamos que las consecuencias de nuestra destrucción no nos llegarán. Por lo tanto,
el común o lo común existe, aunque no seamos capaces de percibirlo y
permanezcamos atrapad@s en la burbuja individual e individualista, en el espejo
del narciso.
El pensamiento indígena no
percibe lo real como un barco lleno de cosas que robar, como lo hace el
colonialismo, sino como un sistema complejo de relaciones y afectaciones
múltiples donde todo lo vivo está conectado con todo lo vivo, y eso nos incluye,
más allá de nuestra voluntad.
Entonces lo común, no es el grupo
de iguales, no es lo que me conviene, sino la red de relaciones que soy capaz
de establecer con todo lo que me rodea, con los que piensan diferente, con las
personas de otra clase social, otras edades, grupos étnicos, otras
sexualidades, otras especies, etc. ¿Está cabrón pensarlo asi no?.
Podríamos pensar la comunidad
también como un circuito eléctrico por donde transitamos nosotres y nuestros
valores a diario, física y virtualmente afectando y afectándonos. La red de
relacionamientos que sostiene nuestra sobrevivencia en este plano. Pensado de
esta forma, la comunidad es una ética, una forma de vincularnos y de estar en
este presente y en este mundo.
Desde el anarquismo no podemos
pensar la comunidad sin la ayuda mutua, nos reconocemos, ergo nos ayudamos, y
el hecho de que esta ayuda sea “mutua” implica reciprocidad, otro pilar del
pensamiento andino, donde lo que va, viene y donde saco, repongo, para
resguardar los equilibrios cósmicos sobre los que se sostiene la vida.
La comunidad ya no es entonces una
máquina de producción sino un tejido vivo que se expande y nos nutre, pero
también se daña con el extractivismo, la apropiación, la cosificación y toda
violencia sistémica que desconoce la otredad y que nos lleva a actuar como si
no existiera nadie ni nada más en el mundo que nosotr@s y nuestros apetitos.
Entonces,
para sostenernos en comunidad, debemos primero cambiar radicalmente la episteme
colonial con que entendemos el sistema mundo y nos relacionamos. Eso no es
fácil ni rápido, ni cómodo. Requiere estudio, voluntad de entendimiento y de
incomodarse (algo cada vez mas escaso) y sobre todo ¡Praxis! Una praxis
sostenida, que no está dada, ni regulada, ni es automática, sino que implica la
firme determinación de vincularme en un entorno de vivencias segregadas,
renunciando al deseo de dominar o imponerme para dar paso a los acuerdos. Y lo más
importante disposición para la conversación y para mirar a l@s demás como
potencia epistémica y no como instrumento ni como recurso, es decir mirar el
mundo como por primera vez, después de que el espejo de narciso se ha roto.
Estamos
hablando de un cambio de dimensiones civilizatorias, que involucra también al
cuerpo porque las sustancias que ingerimos juegan un rol bien importante en la
construcción de los imaginarios. ¿Podemos pensar el capitalismo sin el azúcar y
sin la cocaína? Yo pienso que no. La gran maquinaria necesita cuerpos excitados
para el rendimiento que exige la sobreexplotación.
De la
misma manera que el alcohol fue la herramienta colonial para arrasar con los
pueblos originarios en América, la prohibición y la demonización sobre las
plantas enteógenas de uso ritual sirvió al nuevo orden para desconectar a los
originarios de la una importante fuente de identidad, medicina y conocimiento.
Tampoco
podemos desconocer el papel que juegan las nuevas tecnologías, las que de
ninguna manera son inocuas. En ese sentido yo pienso que las tecnologías pueden
ser herramientas que usadas de manera consciente y estratégica pueden impulsar
el cambio, pero jamás desde las grandes corporaciones.
No conozco a nadie aun que lo tenga resuelto porque no es posible sacarse del cuerpo casi 6 siglos de dominación, así como quien se cambia de camiseta, pero hay que empezar de alguna manera. Nos toca desaprender y reeducarnos. Para tod@s nosotr@s valga este texto.

